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  • Foto del escritorAdriana Méndez Acosta

LA PIAZZA É MIA

Mi comadre, Susana Pliego, dice que todo lo que puedes ver desde tu casa te pertenece. Y sí, cuando tienes el privilegio de disfrutar de una linda vista desde tu balcón y te das cuenta y lo agradeces, experimentas una especie de complicidad con ese espacio. Susana, por ejemplo, se siente, y por lo tanto es, dueña de la Plaza España en Madrid. Desde su balcón goza todas las mañanas del amanecer y las tardes le regalan un cielo pintado de colores con el Palacio Real en primer plano.

Yo, tengo la suerte de amanecer todos los días con una vista excepcional: la Presa Allende y el campo en el horizonte como telón de fondo de las cúpulas de las iglesias del centro que se adornan con el vuelo de globos aerostáticos. Todas las tardes el cielo me presume su nueva versión de atardecer: me tiene una linda sorpresa cada día. Así que también siento que la Parroquia y la presa me pertenecen. Ellas y yo guardamos ese secreto. Tenemos un vínculo silencioso y estrecho que se alimenta de la gratitud que experimento cotidianamente cuando mis ojos intentan no parpadear ante este agasajo visual.

Tal vez mi comadre y yo compartimos la misma locura que el habitante de la plaza italiana de Cinema Paradiso que insistía con vehemencia: -“La Piazza è mia, la Piazza è mia”.


Muchos restauranteros de San Miguel embellecieron y dieron carácter a sus negocios gracias al panorama gratuito que les brinda la ciudad y la naturaleza. Sus terrazas se funden con diversos elementos: cúpulas coloniales iluminadas, edificios ornamentados con cantera labrada y copas de árboles maduros. Los famosos atardeceres del Bajío con nubes aborregadas coloreadas de anaranjado, amarillo y rosa enaltecen la linda vista y te transportan a un lugar de quietud y abstracción momentánea. Los fuegos artificiales emperifollan, algunas noches, los edificios y el cielo.


El bar del restaurant Antonia del Hotel El Palomar tiene una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. Se encuentra ubicado en las calles de San Francisco y Salida real a Querétaro. Hace algunos años me hospedé ahí y tuve la suerte de presenciar, desde el balcón de mi habitación, uno de los múltiples desfiles con carruajes, bailes y música. Cuando viene alguien a visitarme me gusta llevarlos al bar del Antonia por una copita antes de a cenar o a pasear. Como está en la parte alta de la ciudad siempre me llevo una chamarrra o algo para taparme porque el viento sopla fuerte.


Imposible evocar al Atrio, uno de mis restaurantes preferidos, sin que se dibuje en mi mente la imagen de la cúpula gótica de cantera rosa. Además de tener una decoración espectacular, la comida y la atención son inmejorables.





La Azotea tiene su entrada por la calle de Umarán, por donde se entra al restaurant Pueblo viejo, justo en la esquina de la casa donde vivió Allende. Es una terraza muy concurrida por locales y turistas. La música de los fines de semana es presidida por Martha, una de las disc-jockeys más solicitadas de la ciudad. Se respira un ambiente cálido y familiar. Los taquitos de jícama y las croquetas de jamón serrano les quedan de concurso. Fueron los pioneros de la calle Cuna de Allende en aprovechar la vista hacia la fachada gótica de cantera rosa. Los primeros que dijeron “la Parroquia es mía”.


Si te interesa vivir en esta hermosa ciudad, contáctame. Yo te ayudo a encontrar la casa de tus sueños en San Miguel de Allende.

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