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  • Foto del escritorAdriana Méndez Acosta

GUARDIANES DEL TIEMPO


Adriana

13 y 19 de diciembre de 2022.



Tan-táann… Táaaaannnn. Táaaaannnn. Táaaaannnn. Táaaaannnn. Táaaaannnn. Táaaaannnn.


Las campanas del reloj de la Parroquia empezaron a sonar. El cielo presumía distintos tonos de anaranjado realzando su belleza entre nubes aborregadas. El espectáculo de la luz sobre las cúpulas de la Parroquia cambiaba la perspectiva a medida que el sol se escondía.


Los minutos transcurrían a gran velocidad. Deseaba que el tiempo se detuviera para poder admirar un poco más el regalo cotidiano que recibimos cada tarde si nos damos tiempo para observar.

Mientras escuchaba la melodía de las campanadas recordé a Michael, un amigo gringo.


-¿Por qué nunca cesan de sonar las campanas en el centro de San Miguel?

-¿Qué significan las campanadas?


Me hubiera encantado tener a mi abuela María al lado para que me diera la respuesta y poder explicarle. Sabía que algunas tenían que ver con la hora del día y otras con los llamados a misa, pero no sabía ciencia cierta. Sentí un poco de vergüenza por mi ignorancia. La duda quedó rondando algunas semanas.


Esa tarde, mientras Tito y yo disfrutábamos del espectáculo del sol, conversando en una mesa de la terraza de La Única, tome la decisión de investigar. Por suerte Tito conocía a Daniel, el custodio del reloj de la Parroquia de San Miguel Arcángel. Le llamé y concerté una cita con él.


Al día siguiente nos encontramos puntualmente en el atrio. Lo vi desde lejos y supe que era él: un hombre fuerte y moreno de alrededor de cuarenta años. Se diferenciaba del resto de las personas que había en el atrio por su actitud corporal que transmitía seguridad, ocupaba mucho espacio. Hicimos contacto visual y me dirigí hacia él. Me regaló una hermosa sonrisa. Conversamos dos o tres minutos y nos dirigimos hacia la torre.


Daniel sacó de su bolsillo un manojo de llaves. Evoqué a Don Pedro mientras insertaba una en la chapa de la puerta. Me invitó a entrar a la construcción cuadrada con muros de piedra con al menos un metro de espesor y no sé cuántos metros de altura. Muchos.


-¿Cuántas vueltas le diste a la cerradura?

-Seis.


El ritual de las llaves me contagió de curiosidad y respeto. Me emocionó la seguridad con la que Daniel se movía y hablaba en un espacio de alrededor de dieciséis metros cuadrados. Mencionó, con orgullo, que él es la única persona que tiene llaves. Es el custodio del reloj, un legado de su padre que implica una gran responsabilidad. Nos sentamos a charlar sobre una banca que perteneció a su abuela.


Los últimos años del siglo XIX vieron nacer a las nuevas fachadas de la Parroquia y la torre. El maestro de obras Zeferino Gutiérrez construyó la torre con las especificaciones que enviaron desde Francia los fabricantes del reloj.


Cuenta la historia oral que el primer guardián del hermoso reloj monumental, de origen francés, fue un relojero alemán de apellido Beckham. Antes de morir pasó la estafeta a su hija, la señorita Beckham, que tuvo una joyería durante varias décadas en la calle Hernández Macías.


El padre de Daniel, Raúl Vázquez, dominaba el oficio del tiempo. Pertenecía al grupo de personas de confianza de la señorita y dedicó muchas horas a la limpieza y mantenimiento del reloj de manera voluntaria. Conforme avanzó la edad de la señorita Beckham, fue confiando a don Raúl, casi en exclusiva, la tarea de cuidarlo. Cuando su edad le impidió continuar con el legado de su padre, pasó la estafeta a don Raúl. Era la persona perfecta para hacerlo. El cambio de guardián se hizo oficialmente ante la presidencia de la ciudad los primeros años de este siglo.


Mientras escuchaba con atención a Daniel, mis ojos se desviaban hacia un muro que exhibe una imagen de Cristo y hacia varios relojes antiguos. Las piedras de las paredes encaladas no niegan el paso del tiempo. Guardan secretos ancestrales. Hay marcas negras de humo. El desgaste y las piedras se asoman en casi todas las esquinas. Uno de los muros guarda la evidencia de que alguna vez hubo una puerta que conectaba a la torre con la iglesia contigua: la Santa Escuela de Cristo.


Cuando observaba los muros las campanadas empezaron a sonar. Guardamos silencio para escucharlas con atención. Percibí las vibraciones y se me puso la piel de gallina. Sentí el paso y el peso, del tiempo.


Custodiar al reloj requiere mucha dedicación. Daniel aprendió a darle cuerda cuando era muy joven. Desde los diez años acompañaba a su papá y le tomó un cariño muy especial. Le da cuerda una vez a la semana y verifica que esté a tiempo casi a diario. Con mucho orgullo me cuenta que hay que desarmarlo, lubricarlo y limpiarlo cada tres años. Utilizan un petróleo especial y la duración del procedimiento es de aproximadamente un mes. Afortunadamente para San Miguel de Allende, el reloj ha tenido a dos familias guardianas de quienes ha recibido los cuidados y cariño necesarios para mantenerlo como nuevo.


Debajo del primer tramo de la escalera, que sube hasta el campanario, hay pedazos de madera antigua que pertenecieron a la escalera original que fue sustituida por la actual. Daniel y su equipo la repararon hace algunos años. Mis ojos voltearon hacia arriba mientras un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pregunté en silencio si sería capaz de subir hasta arriba. Imaginé el recorrido que tendrían que hacer mis pies sobre cada peldaño y a mis manos bien agarradas de los barandales de madera.


Despacio y con precisión, Daniel me indicó cómo subir cada tramo de las múltiples escaleras, todas de madera. Conforme iba subiendo, en mi estómago revoloteaban mariposas nerviosas. Algunos segmentos me obligaron a pegar el cuerpo a la escalera para no golpear mi cabeza. En otros tramos tuve que caminar de rodillas. Me cuidé de no voltear hacia abajo para no invitar al vértigo a apoderarse de mí. Daniel trepaba con una destreza envidiable. Yo me alié con la precaución y seguí sus instrucciones al pie de la letra.


Finalmente llegamos a la plataforma donde yace la inmensa joya que marca las horas. Daniel lo saludó con una sonrisa y tomó el péndulo que precisa los segundos. Lo manipuló de izquierda a derecha para ponerlo a tiempo. Después tomó una palanca y empezó a girarla mientras dos engranes enormes daban vuelta. La luz entraba a tenuemente a través de las tres carátulas del reloj que tienen impresa la fecha en que las campanas sonaron, a las doce del día, por primera vez: “SEP. 16 1901”.

Me cautivó su belleza e imponente tamaño. Las pesas de plomo colgadas de cables de acero encima del Monumental van subiendo poco a poco mientras las agujas cuentan el tiempo que pasa. Decenas de engranes metálicos se mantienen en constante movimiento. Quedé maravillada con la perfección de la maquinaria que se sincroniza cada quince minutos con las tres campanas que cuelgan de la parte más alta de la torre.


Mientras Daniel revisaba y daba cuerda al reloj, mi mirada se desvió hacia los muros de piedra que exhiben fotografías enmarcadas de distintos modelos de relojes. Las imágenes, mi memoria y mi corazón me transportaron a otros tiempos. Aquellos en los que, para saber qué hora del día era o para poner a tiempo el reloj, sintonizábamos la XEQK para escuchar la voz de Luis Ríos Castañeda que minuto a minuto nos daba la hora exacta seguido de: La hora del observatorio, misma de Haste, Haste, la hora de México.


Después de disfrutar de la vista a la ciudad desde las alturas durante unos minutos y tomar algunas fotografías emprendimos la bajada por las empinadas escaleras de madera. Logré domar a las mariposas que se instalaron nuevamente mi panza y pisé con cuidado y firmeza cada peldaño.


Qué bonito conocer a este hombre que ama lo que hace y que ejerce su cargo oficialmente desde el 9 de febrero de 2019. Me contagió su entusiasmo y me confirmó otra vez, que lo más bello de San Miguel, además de su arquitectura e historia, es su gente: generosa, entusiasta y comprometida con su ciudad. Es la diferencia que hace la diferencia. Qué privilegio escuchar la historia de este hermosísimo reloj en voz de Daniel. Qué afortunado Don Raúl que sigue haciendo lo que más le gusta desde su relojería en la calle de Orizaba.


Una nunca sabe qué le puede traer una tarde conversada en una terraza. Esta semana me llevó a visitar un lugar que nunca imaginé conocer. A reflexionar sobre el tiempo y nuestra obsesión por contarlo. A recordar que el tiempo no espera. Transcurre objetivamente en el reloj a través de segundos que forman minutos y minutos que completan horas. Siempre del mismo tamaño. Ni la más fina y preciosa maquinaria de un reloj puede acelerar o detener el tiempo. Nuestra subjetividad, sin embargo, nos hace percibirlo con distintas duraciones y calibres.


Disfruté cada minuto que transcurrió durante mi visita a la torre del reloj. Algunos fueron intensos y cargados de una buena dosis de adrenalina; otros retaron a mi memoria; y otros más, alegraron a los dos hemisferios de mi cerebro con información nueva y valiosa y con melodías que me enchinaron el cuerpo.


Atesoro el tiempo que transcurrió dentro de esta hermosa torre. Abona al cariño que le tengo a esta ciudad en donde elegí vivir.


La curiosidad que me contagió Michael me regaló una experiencia entrañable. Ahora puedo contestar parcialmente a su pregunta. Me falta investigar el significado de los sonidos emitidos desde el campanario de la Parroquia, pero esa, es otra historia. Las campanas de la torre del reloj entonan las notas re, la y sol. Suenan cada quince minutos con un tan-táaann que significa un cuarto de hora y precede al sonido táaaaaannn que significa una hora. ¿Podrías decirme qué hora era cuando esta historia nació, mientras disfrutaba del atardecer aquella tarde en la terraza de La Única?










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